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1月10日 BENDITA SEA ESA INGENUIDAD No podemos sino envidiarlos (refiriéndose a los pintores flamencos del siglo XVII). Cualesquiera que fueran las miserias y los fulgores, los regresos y fracasos de sus carreras, su papel en lla sociedad, su lugar en el mundo estaba fuera de toda duda; su profesión era universalmente reconocida, y tan evidente como la profesión de carnicero, de sastre o de panadero. A nadie le venía a la mente la pregunta de por qué existe el arte, porque un mundo sin cuadros habría sido sencillamente inconcebible. Somos nosotros los que somos pobres, muy pobres. Una gran parte del arte contemporáneo se inclina del lado del caos, gesticula en el vacio o habla de la historia de su propia alma estéril. Los maestros antiguos, sin excepción, podían repetir las palabras de Racine: "Trabajamos para agradar al público", es decir, creían en el sentido de su trabajo, en la posibilidad de comprensión entre las personas. Afirmaban la realidad visible con inspirada escrupulosidad y con la seriedad de los niños, como si de ello dependiera el orden del universo, la rotación de las estrellas, la estabilidad de la bóveda celeste. Bendita sea esa ingenuidad. Zbigniew Herbert, "Naturaleza muerta con brida". |
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